Rosendo se retira el niño de Carabanchel

  • 6 octubre, 2018
rosendo se retira

Las maneras de vivir de Rosendo: se retira dentro de tres meses

Cuesta dejar una profesión, sobre todo si se ha ejercido casi medio siglo. Rosendo, veterano rockero, ya anunció la pasada primavera que se iba. Y lo va a cumplir pese a que este verano, allí donde ha acudido para actuar por última vez, le han pedido que no se vaya, que podría tener cuerda para rato dadas sus facultades vocales. Pero Rosendo está cansado y quiere delegar en su hijo Rodrigo, al que viene adiestrando y con el que ya ha ensayado muchos duetos.

Será en diciembre próximo, apenas dentro de tres meses cuando su retirada definitiva suceda en Madrid y en Barcelona. Hasta entonces todavía le quedan contratos por cumplir en esa gira que viene realizando este año con el título “Mi tiempo, señorías…”, como si estuviera en un estrado del Congreso. Atrás, una vida interesante, con esfuerzo, desde que decidió que lo suyo era ganarse el pan con el sudor de su frente…. Su voz, y su guitarra al son del rock urbano y en otras épocas el rock duro.

Un joven íntegro, de modesta familia este Rosendo Mercado Ruiz, nacido el 23 de febrero de 1954 en el madrileño barrio de Carabanchel, de extracción obrera. Allí se crió y allí sigue viviendo con su mujer y su único hijo. En su época de estudiante de Ingeniería se pagaba la matrícula y las clases trabajando de botones por la noche y, por si fuera poco, echaba una mano en un centro de jesuitas. Abandonó sus estudios de ingeniería en 1972 pues enfebrecido con el rock dio en entrar en un grupo llamado Fresa, que interpretaba canciones de moda, de esos que iban de feria en feria interpretando varios géneros musicales. Pero lo suyo, insistimos, fue siempre el mejor rock desde que descubrió a Rory Gallagher y a conjuntos legendarios como Canned Heat, Cream, Jethro Tull, Deep Purple… Y con esas premisas fue vocalista de Ñu, del que salió para fundar Leño, grupo que muchos recuerdan con nostalgia y donde ya no sólo cantaba sino que se empleaba a fondo con su guitarra.

El cantante está cansado y quiere delegar en su hijo Rodrigo, al que viene adiestrando y con el que ya ha ensayado muchos duetos.

Por esa época se casó: con una enfermera burgalesa, Esther Pérez. Su luna de miel fue breve, dada la escasez de recursos económicos de la pareja. Viajaron a Sevilla, donde Rosendo tenía al día siguiente un concierto. Eso ocurría en 1977. Contaban veintitrés años. En 1978 Rosendo y sus compañeros de Leño fueron teloneros de Asfalto, otro de los grupos míticos del rock urbano madrileño. Hasta que no alcanzaron la década siguiente Rosendo y su mujer pasaron bastantes privaciones, aumentadas cuando en 1979 les nació su hijo Rodrigo.

Para salir adelante, Esther “curraba” en una oficina y era quien prácticamente sostenía la economía familiar. Rosendo siempre estaba trajinando, si es que no tenía alguna actuación, ganándose las pesetas en un horno y en un curioso oficio, el de fabricar artesanalmente botas de vino, negocio instalado en los bajos de su vivienda carabanchelera. Lo que podía distraer de las aportaciones caseras lo empleaba en gastos de alquiler de un local de ensayos con su grupo y en adquirir material para sus instrumentos.

Leño acabó en 1983 cuando gozaban ya de bastante notoriedad en toda España. Se les echa aún de menos. Pero es que quiso afrontar él sólo su futuro. Y dos años después se estrenó como solista. Sus letras llamaron la atención desde el primer momento. No eran banales. Se acercaban a la problemática social de muchos jóvenes, que se identificaban con sus historias.

Hay algunas fechas inolvidables para Rosendo. La del concierto en la cárcel de Carabanchel, a poco de que la cerraran. Era el 26 de marzo de 1999. Allí grabó su actuación de la que surgiría un disco con sonido directo y coros espontáneos de los propios presos. Y ya el 27 de septiembre de 2014 otra actuación que no olvidará Rosendo,en la madrileña plaza de toros Monumental de Las Ventas, que compartió, en medio de un llenazo, junto a varios de sus colegas: Miguel Ríos, Luz Casal, Fito Cabrales y su propio hijo Rodrigo. Para entonces, Rosendo ya estaba calificado por sus seguidores como un rockero imprescindible quien, con su modestia a cuestas, sentíase desde luego compensado por la vida tras tantos esfuerzos y privaciones. Afortunadamente, y en justicia, podía disfrutar de un patrimonio saneado. Pero él prefirió seguir residiendo en su vivienda de siempre, en el barrio de sus pasadas angustias, y no irse a zonas de mayor nivel económico, pudiendo hacerlo. Jamás quiso presumir de ningún lujo: sólo de su honrado trabajo.

Fue a partir de 1981 cuando su horizonte artístico se fue despejando y con ello, sus ingresos. El disco y la canción que marcó ese ascenso fue “Maneras de vivir”. Un título imprescindible desde entonces en su repertorio, donde curiosamente intervino en los coros una aún casi primeriza Luz Casal. Otras canciones suyas tan personales fueron: “Agradecido”, “Pan de higo”, “Flojos de pantalón”, “Majete”, “Hasta de perfil”, “Vergüenza torera” y álbumes como “Veo, veo, mamones” y “Lo malo es… ni darse cuenta”. Su último disco, que hace el número vigésimo tercero, es “De Escalde y Trinchera”.

De cómo compone Rosendo sus temas sabemos que lleva siempre a mano algún papel, una pequeña libreta, un bolígrafo. Recoge frases de la calle, del vocabulario popular, del habla coloquial. Pergeña historias de la gente. Pule pensamientos que se le ocurren sobre el devenir de los días. Nunca suele caer ni en lo ñoño ni en lo fácilmente prescindible. Se le ha reconocido desde instancias oficiales, recibiendo la medalla de oro de las Bellas Artes y la medalla de oro de Madrid. Tiene una calle rotulada con su nombre en Leganés. A lo que se negó fue a que le erigieran una estatua en su barrio, propuesta por los ediles de Ahora Podemos. Dijo que lo que iban a gastarse en el monumento podían perfectamente emplearlo en obras sociales.

Aparentemente serio o con mirada escéptica, con sus pelambreras de guedejas blanquecinas, aún se permite rasgos de humor de cuando en cuando, como esto que recojo dicho por él: “Mis admiradoras me han lanzado alguna vez sujetadores al escenario, pero nunca me he dado por aludido”.

Con su esposa, que figura como apoderada de su editorial de canciones, también mantiene otra productora, que es la encargada de llevar las cuentas de sus conciertos, a razón cada uno entre 35.000 y 40.000 euros.

De carácter apacible, pese a los decibelios que suenen en sus actuaciones, es hombre tranquilo, afable y puede que sentencioso. Sabe apurar, despacio, su existencia. Ya lo dijo tiempo atrás cuando nos regaló su filosofía para ir caminando con sus maneras de vivir.

 

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